Opinió

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José Tirso Corbacho, escritor y ciudadano de Bétera.

Si las cosas permanecen como están es muy difícil discernir cuando será el momento en el que la ciudadanía española note una verdadera mejora de la economía, ni tampoco cuando notará una mejora de las condiciones sociales. Parece que el momento de la recuperación ya se está paladeando, ya que es bastante improbable que esta se acabe produciendo de verdad. Cuando en una relación contractual las circunstancias del contexto cambian también es comprensible que cambien las estipulaciones antes aceptadas sobre la causa y el objeto de tal contrato. En este caso las circunstancias que cambian son las proyecciones económicas, como una verdad institucionalizada vendida por postureo. Por otra parte ese despegue de la economía no es por una evolución desde dentro sino en base a unos parámetros macroeconómicos que en realidad pretenden sostener unos cánones de acumulación de riqueza propios de ciertas metrópolis del viejo mundo. En otras palabras, que las mejoras sociales para la población española no parece que se vayan a producir desde este nuevo periodo de despegue de la economía que empezará en el 2015.

Pero aparte de esto tenemos el debate continuo, que han enmascarado también nuevas voces, para reflexionar sobre la sostenibilidad del propio sistema. Evitar la sociedad del riesgo exige una iniciativa que debe de emprenderse desde las instituciones representativas. Se habla de la sostenibilidad de las pensiones y se confunde el debate sobre el desempleo cuando mediante los discursos asentados en vagas nomenclaturas aceptamos tácitamente una precariedad laboral que vuelve del revés al sistema piramidal de las pensiones, tendiendo a convertirse en una campana. En el sistema financiero mundial el dinero que se crea está referenciado en deuda por lo tanto la economía tiene que crecer continuamente. Si la cosa sigue así puede ser que quiebren los propios cimientos de la economía. Así entendido es incuestionable que el capitalismo financiero aparece como un mecanismo distorsionador del propio ser humano hasta hacerlo incapaz de ver la implosión que se produciría, de continuar las cosas como están.

Se critica que los españoles somos poco productivos y que está en la propia idiosincrasia española trabajar poco. Pero también en parte hay que entender que en España no se ha invertido en investigación, que es una apuesta a largo plazo y sostenible; pero si en desarrollo, lo que nos ha llevado a un camino especulativo y cortoplacista. Si bien se critican alternativas como la Renta Básica Universal, porque supone pagar a los ciudadanos por no hacer nada, también se podría impulsar, ya que en España nos quejamos de la baja productividad, un trabajo de última subsistencia. En el trabajo de última subsistencia se garantizaría a cualquier ciudadano poder integrarse civil y socialmente de manera plena y obtener una renta que le garantice la subsistencia propia, pero también del propio sistema, tal cual éste se ideó en su momento.

Sin embargo las dificultades que se plantean para llevar a cabo iniciativas de este tipo, que son novedosas pero no necesariamente radicales, vienen de la soberanía que los ciudadanos y las propias instituciones hemos cedido a las grandes empresas y organismos multinacionales, los cuales embridados en las propias estructuras acumulan riqueza, y su equivalente en poder, desde las economías de escala. De seguir así, la situación, nos conduciría a la quiebra de los Estados soberanos por una la falta de voluntad de los agentes políticos, que se ven sometidos al sufragio oculto de la deuda. Seguimos manteniendo organismos públicos que se solapan, en un caos de desorden burocrático ineficiente que produce renta no equivalente en producción. De alguna manera desde las políticas se promociona una subvención del impago para conformar un especie de vasallaje que acabaremos aceptando por inanición.  

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