Era el curso 74/75, la señorita Julia, profesora de historia, nos explicaba los temas relativos a la reciente historia de España, ayudándose de unas hojas arrancadas de libros de historia, entonces prohibidos, por el régimen franquista; régimen que en aquel otoño agonizaba en una habitación de hospital, donde al dictador lo mantenían en vida mediante tubos y aparatos médicos.

Cada día de clase, del interior de su bolso, sacaba las correspondientes hojas y nos explicaba los temas que seguramente nada tenían que ver en el programa oficial educativo del Ministerio de Educación. Para nosotros, nietos de una guerra e hijos de una dictadura, la actitud de la señorita Julia nos parecía un acto de valentía por su parte y al mismo tiempo nos transmitía esperanzas que algo iba a cambiar en el país.

Ahora con el paso del tiempo y cuando una persona tiene más pasado que futuro, como dice mi amigo, me vienen al pensamiento esas clases y el bolso de la señorita Julia, y viendo los últimos acontecimientos, me recorre por todo el cuerpo una especie de miedo a perder la esperanza en este país.

Por primera vez en mi vida tengo miedo; miedo a todos esos ogros que de nuevo han abandonado los cuentos infantiles y empiezan a ocupar lugares de decisión política; pero lo más incomprensible y por eso lo que más malicia me hace, es el no poder llegar a comprender a aquellas personas, seguramente buenas, que los han votado.

La señorita Julia nos explicaba las verdaderas causas de las dos guerras mundiales, los problemas que habían generado los ultranacionalismos, el nazismo y el fascismo, y lo hacía en voz queda y con la puerta de la clase cerrada; una clase donde se empezaba a escribir en la pizarra las palabras “libertad”, “democracia” y “justicia social”. Seguramente nosotros no acabábamos de darle toda la importancia que estos conocimientos y reflexiones tenían. Ahora con el paso de los años y con todo el que hemos vivido, le doy toda la importancia del mundo y tengo una extraña sensación de miedo. Miedo de que los nuevos ogros nos obliguen a esconder, de forma clandestina, las esperanzas y la libertad en el fondo de un bolso.

 

Por: Vicent Sorlí
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