Muchas mañanas, cuando salgo de casa y voy al horno, al llegar a la calle Larga, me llevo instintivamente la mano a la frente y entre mí mascullo: “¡¡¡Hostia la mascarilla!!!”. Otra vez se me ha olvidado ese nuevo complemento al cual nos tenemos que acostumbrar. Total, que vuelvo atrás, subo a casa, cojo la mascarilla, me la meto, y de nuevo hacia el horno.

De vuelta, calle Larga hacia arriba, con una o dos barras de pan, depende del día, dentro de una bolsa de ganchillo probablemente hecha por mi madre, voy pensando el motivo por el cual casi cada día, al salir de casa se me olvida ponerme la mascarilla y no encuentro ningún  motivo que no sea el descuido; descuido que no puedo tener, continúo pensando, porque primeramente es una obligación que han decidido, han decretado y han promulgado las autoridades sanitarias; en segundo lugar, considero que ponerse la mascarilla es una forma de recordar los días tan duros de confinamiento en casa, y esto no podemos echarlo a “fer la mà” por descuidos como estos; y finalmente pienso que ponérsela simboliza un reconocimiento a todas las personas que más han sufrido esta maldita pandemia: los muertos, gente contagiada, personal sanitario, trabajadores y trabajadoras que no han parado porque esta grave situación no empeore, personas que han perdido sus empresas, trabajadores que han visto como sus puestos de trabajo desaparecían… Etc. Por lo tanto, la acción de ponerse la mascarilla es una forma de solidarizarse con todos ellos. También pienso, lo que hace pensar en ese corto trayecto al horno…, que sería fantástico que todos y todas entendamos la solidaridad como compartir lo que tenemos y no dar el que nos sobra, eso es otra cosa.

Llego a casa y me quito la mascarilla. La dejo junto a las llaves para que no se me olvide. Pasan unos minutos y “¡Hostia las manos!”. Lavarse las manos no es una obligación decretada, pero es una recomendación que va implícita en el sentido común y la responsabilidad de cada cual de nosotros.

Haciendo el trabajo habitual de casa se me ocurre encender la televisión. Es miércoles y hay sesión de control en el gobierno. En ese preciso momento está hablando en la tribuna un señor de chaqueta ceñida, corbata negra y mirada de odio africano. Su parlamento hacía referencia al 8 de marzo, a la Guardia Civil, a la falta de libertad por parte del gobierno comunistabolivariano, al filoterrorismo y a “la España que madruga”, y mascullo: “¡Hostia los fascistas! ¡No paran, qué pesados, no se cansan de decir barbaridades!”. Automáticamente apago la televisión y me voy a hacer la cama, puesto que es más productivo tener la cama hecha que perder el tiempo con esta gente. Cuando digo fascistas no quiero decir de ninguna manera que todos los que votan a la ultraderecha lo sean, pero sí que tengo claro, muy claro, que todos aquellos y aquellas que en las elecciones votaron la opción de VOX, se sentirían cómodos en un país gobernado por esta clase de dirigentes políticos.

Antes de acabar me gustaría dejar claro que la palabra “hostia”, utilizada en este escrito, de ninguna forma tiene un sentido peyorativo ni ofensivo. “Hostia” es una expresión muy utilizada coloquialmente por todas partes, especialmente en las comarcas valencianas; y cuando esta pandemia esté controlada y vencida, seria todo un detalle que todos y todas, con sensibilidad  y con toda la precaución del mundo dijeramos:”¡Hostia, lo hemos conseguido!”

Imprimir article
Comenta aquesta notícia