Una vez había un planeta, donde habitaba gente que se creía muy inteligente, iban siempre con prisas y no les quedaba tiempos para pensar, olvidando a cada paso aquello que era esencial.

-¿Que, qué es esencial? Pues; es el que hace que cada ser vivo sea especial. ¿Por ejemplo? Un árbol: Todos sabemos que es un árbol: un tronco arraigado a tierra con ramas, hojas y poca cosa más, pero… no. ¡¡¡Un árbol es un ser vivo inteligente, que sabe vivir y sobrevivir sin moverse de donde está arraigado, y sí, con un tronco, ramas, hojas, flores y frutos, que sirven de alimento a todo el que vive a su alrededor. Muy importante su ecosistema!!!

Hablaremos de unos árboles en concreto: las Moreras, para decir cómo es de importacia un árbol. Lo llegaron a ser para toda la gente del planeta, porque eran únicas y especiales, tanto que las sembraron por todos los pueblos. En lugares donde el clima les era favorable, ellas crecían rápidamente. De su tronco salían unos chatones que acontecían ramas larguísimas, unas hojas grandes, ricas en potasio y azúcares, que gustaban especialmente a los gusanos de seda. A estos animalitos se les denomina así por su manera de reproducirse. Los gusanos hacen su metamorfosis, enrollándose con un hilo, fino y muy resistente forman un tipo de cápsula. El hilo “de seda”, es fuerte y resistente y servía para tejer las teles más caras del mercado.

Y así es como las moreras, dieron trabajo para todos, incluso los niños en sus casas tenían los gusanos en cajas e iban a cosechar las hojas para alimentarlos, los hacían crecer con la ilusión, de ver todo el proceso de la metamorfosis, donde se podía ver el nacimiento de la mariposa y la puesta de los huevos para que continuara la vida en la primavera próxima.

Las moreras agradecían que las tuvieron en tanta valía, con una gran cantidad de hojas por los gusanos, flores, y sobre todo sus frutos, las moras, que gustaban a todos. Las comían directamente del árbol, o las cosechaban para hacer mermeladas, confituras, zumos. Las ramas largas y hojas verdes hacían una buena sombra, la gente aprovechaba para pasear y sentarse a la fresca las tardes de calor. En otoño, las hojas llenaban de colores el paseo: amarillos, rojos y marrones. En invierno las hojas caían al suelo, sirviendo para adobar el suelo. Después, en invierno descansaban para recuperar su savia, y así poder iniciar de nuevo el ciclo de vida.

Los jardineros las podaban con amor para que cada vez fueran más lozanas y productivas. Las moreras regalaban en el planeta un montón de beneficios, que no eran, no, exclusivos para una sola especie de los habitantes.

El tiempo ha pasado, el planeta ha continuado dando vueltas por el universo y la gente que se creía inteligente, y que ha olvidado lo que era esencial, ya no le gusta aquel hilo, rico y fuerte, ya no es importante. El paseo, calles, alamedas y barrancos los han asfaltado, para dar paso a la nueva esencialidad -los coches-.

Por tanto ahora molestan las hojas, las moras y los pajaritos que duermen. Ya no se hacen talleres para los niños y padres para motivar a cosechar moras y aprender a hacer zumos, mermeladas y confituras saludables.

Como una buena idea y evitar molestias, los podadores, contra su voluntad les hacen una podada en la primavera, eliminando las ramas que llevan frutos, las moras, cosa que perjudica tanto al árbol, como a su ecosistema. En otoño, también para que no molestan las hojas ricas con azúcares y potasio, se las poda antes de que caiga la hoja a tierra, y… Ahora ya no se puede ver el otoño con el esplendor de los colores de sus hojas.

Un día de estos las harán cortar, desaparecerán por siempre jamás, como las podan tanto que ya no nos hacen ni sombra, como no pueden hacer fruta, enferman, y han perdido su esplendor.

He aquí por qué, en el planeta de los que creen que lo saben todo, ya no saben “lo que es esencial”.

Seguro que hay otra manera de hacer las cosas. ¡¡¡Seguro!!!

Ma. Antònia Casellas
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