Cuando a finales de los 70 empezaban a instalarse las primeras técnicas para el riego sostenible a los huertos, especialmente a los naranjos, una de las pioneras fue el “viaflo”. Consistía en un tubo de plástico duro que se ponía en lo alto del campo de naranjos y de él salían por cada tira de árboles unos tubos flexibles donde la parte inferior era porosa que es por donde salía la humedad para regar. Básicamente, muy básicamente, este era el sistema del viaflo.

Recuerdo que aquel verano de finales de los 70, en el mes de julio, estuve trabajando unas semanas en el huerto de Carola instalando este sistema. Uno de los sobrinos de Carola Reig, la convenció  para poner en funcionamiento en todo el huerto este innovador sistema. Mi trabajo consistía enmeter el viaflo en el surco que ante mí iba abriendo una haca con un punzón. Era un trabajo agradable, la recuerdo perfectamente.

Todos los días a las doce del mediodía, hacíamos una paradita para el cigarrillo y el casero, muy amablemente, nos ofrecía un vaso con un dedo de coñac mezclado con agua fresca. Estaba bueno, aunque fuera julio; el julio tiene un calor especial. Es el calor del verano en sí mismo. A las dos parábamos para comer. Yo comía al mismo huerto, donde había descubierto el primer día de estar allí un árbol que lo dominaba todo con una majestuosidad y elegancia que me llamó la atención. Lo calificaría como una de las formas más bellas que tiene la naturaleza, cuando ella de forma descarada decide mostrarse, y decidí que en su tronco comería cada día.

Después de comerme el bocadillo me acotaba a la sombra de aquel amigo y, fumando un Bisonte sin filtro, veía el almez de bajo hacia arriba. Me quedaba encantado observando sus hojas, sus frutos (unas bolitas verdecitas), y a los pájaros que jugaban con él; era todo un mundo de vida que solo podías adivinarlo si te acostabas junto con su tronco fumando un Bisonte.

Mediante sus frondosas hojas, se colaba ese azulón purísimo del cielo de julio que te hacía soñar y cerrando los ojos; te hacía adormilarte un ratito hasta que una brisa movía sus hojas y el ruido te despertaba; era cómo si el almez hablara contigo y te dijera: “arriba compañero, es hora de volver al trabajo”.

Durante esas semanas el almez y yo entablamos una misteriosa amistad, una amistad que ha perdurado a lo largo de los años.

Hace unos días me enteré  que el majestuoso y monumental árbol se había partido por la mitad. Al acercarme al lugar y contemplar que medio árbol estaba en tierra, una tristeza mezclada con rabia se apoderó de mí. Detenidamente lo observé, sus hojas, movidas por la brisa que ya no era la misma que aquel mes de julio, me dijeron, o al menos así lo intuí, que no se había partido, sino que se había dejado caer para concienciar a todos nosotros que algunas cosas estábamos hacemos mal, y que debíamos de remediar de manera urgente.

Todavía nos quedaba la otra mitad de este centenario árbol para poder arreglar esas acciones, esos comportamientos, esas situaciones que ponen en peligro, entre otras cosas, una cosa tan preciosa como el almez del Huerto de Carola Reig.

Autor: Vicent Sorlí
Imprimir article
Comenta aquesta notícia