Me compré unos zapatos nuevos que a simple vista parecían buenos. Desde luego eran bonitos, a mí me entraron por los ojos. Me los probé y me apretaban un poco. Pedí una talla mayor pero no tenían. Aun así me los llevé. Me gustaban mucho. Pensé que con el uso cederían y las molestia desaparecerían. Después de algún tiempo las molestias no solo no han desaparecido, sino que han ido a peor. Me han hecho varias heridas en los dedos y al llevarlos seguido me recalientan la planta de los pies, causándome un dolor casi insoportable.

Se lo he dicho a mi mujer, a mis compañeros de trabajo, a mis amigos… A casi todos les pasa algo parecido. Me dan consejos de todo tipo: que los ponga con aceite para ver si se reblandecen o ponerles una bola de papel en la punta por la noche, o una horma de madera. Pero nada da resultado. Los bonitos zapatos que me compré me siguen doliendo.

Después de varios años de sufrimiento, he recibido una propaganda de la tienda donde los compré con una oferta que, según ellos, no podía rechazar.

Una vez en la tienda les expliqué lo descontento que estaba con los zapatos anteriores y ellos me aseguraron que estos nuevos eran mucho mejores y que todo iría mejor. Me convencieron y los volví a comprar. Nada ha cambiado, solo el color de los zapatos. Siguen los dolores y las llagas en los dedos.

He llegado a pensar que prefiero quejarme antes que intentar resolver el problema. La gente con la que hablo tienen problemas parecidos y todos sufren molestias similares. “¿Para qué vas a cambiar de tienda si todas son iguales?” me dicen unos. “Aguántate que la vida es sufrimiento”, me dicen otros.

Yo creo que sí que tiene que existir una solución: cambiar de tienda o de modelo o… ¿Por qué no, ir descalzo? Cualquier cosa antes que seguir soportando este dolor. Pero no hago nada. Prefiero quejarme. ¿Les pasa a ustedes lo mismo?

Autor: Rafael Bertomeu
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